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22 de Abril. Cine PYA. 22:30
Dirección:
Adolfo Aristarain.
La
irrupción del periodista Manuel Cueto (Juan Diego Botto) en la
vida del escritor Joaquín Góñez (José Sacristán), a instancias
de la editorial para la que Joaquín está escribiendo su último
libro, provocará un desasosiego en la solitaria vida del
escritor, aislado del mundo y huidizo de sus propios recuerdos.
Acostumbrado a la soledad de los últimos años, el encuentro con
el joven periodista le despertará emociones olvidadas que le
transportarán a las décadas de los cincuenta y sesenta, en pos
de su niñez y
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CÓMO SE
HIZO "ROMA" Notas del guionista Mario Camus «Un día de primavera, al atardecer, recibo una llamada de Adolfo, desde Buenos Aires. “¿Tienes tiempo para trabajar conmigo en una historia?”, me dice. “Todo el tiempo del mundo”, le contesto… “¿qué historia?, cuéntame”. Me habla de una escena concreta: “Una mujer entra con su hijo de diez años en la oscuridad de un cine. Le coloca en una butaca. Pone en una de sus manos un bocadillo y en la otra un pequeño termo con café con leche caliente. Le dice al oído que le estará esperando cuando termine la película y se aleja hacia la salida dejándole embebido en las imágenes”. “¿Roma?”, le pregunto. “Roma”, me contesta. Después de aquella breve conversación, nos pusimos a trabajar. Fueron unos meses duros, dinámicos, creativos, llenos de hallazgos, de decisiones complicadas y de ajustes interminables. Adolfo encontró la fórmula para contar lo que quería contar y yo intenté ayudarle a dar coherencia a tanto material. Cuando se terminó de escribir la historia, en un período de tiempo muy corto, Adolfo ya estaba rodando. La película empezó a crecer y las páginas del guión, ya usado, llenaron las papeleras. Así ocurre siempre. El libro cinematográfico es una guía que sirve, como preciso manual de instrucciones, para armar, levantar y exhibir la narración. Lo contiene “todo” pero a ese “todo” hay que visualizarle, ponerle tiempos y espacios, rostros, vestidos, maneras y en definitiva, darle la vida. De ahí que la característica más acusada de un guión es la transitoriedad. Una vez usado carece de valor. Sin embargo, una gran parte de la creación está en sus páginas… Se escribe, se rueda y se monta. Al relatar los hechos y ponerlos en el papel se piensa en dar entrada e indicaciones a todos los profesionales que concurren en el hecho cinematográfico y, a continuación, de forma segmentada, filmar, consiguiendo las imágenes de lo que ya es representación y apariencia de vida. El montaje concluirá dándonos la dimensión exacta de lo que se ha logrado. La empresa es ardua y, como decía Conrad, “la vida corta y la verdad muy lejana”. “Así”, insiste el escritor polaco, “sorprender y captar, en un momento de audacia, sobre el curso del tiempo, una fase efímera de la vida, no es sino el comienzo del trabajo. La tarea, emprendida con ternura y con fe, estriba en mantener resueltamente, sin vacilación ni temores, en presencia de todos y a la luz de una actitud sincera, este fragmento de vida. Consiste en mostrar su color, su forma, su vibración, su movilidad, revelando la esencia misma de su verdad. Con un poco de destreza y de suerte se puede a veces alcanzar una sinceridad tan perfecta que, a la postre, la visión de dolor o de piedad, de miedo o de júbilo, acabará despertando en el corazón de los espectadores el sentimiento de una inquebrantable solidaridad, de esa solidaridad en los orígenes misteriosos, en el trabajo, en la alegría, en el destino incierto, que une a todos los hombres entre sí y a la humanidad entera con el mundo visible que la habita…” Un día de primavera, al atardecer, recibí una llamada de Adolfo, desde Buenos Aires…» CRÍTICA por Juan Beiro Martínez La imagen de un río que fluye abre y cierra la última película de Adolfo Aristarain. Los ríos, nos enseña uno de sus personajes, sirven para pescar, nadar en ellos, lavarse…, pero sobre todo, para desnudar nuestra alma ante ellos y contarles nuestros secretos, para hundir nuestros problemas y que se los lleve la corriente. "Roma" es el río particular que Aristarain se ha construido para exorcizar sus recuerdos de infancia y juventud y lanzarlos al agua, desprendiéndose así, al compartirlos con los demás, del daño emocional que puedan haberle causado. Lo malo de los exorcismos personales, de los autoanálisis vitales, es que esas vidas deben ser originales, enriquecedoras o al menos opuestas a las nuestras, para que resulten interesantes. Que tu mamá era muy buena y te quería mucho… pues hombre, la mía también. Un joven periodista (Juan Diego Botto) es contratado por una editorial para mecanografiar el libro autobiográfico de un escritor (José Sacristán), ya prácticamente retirado y con un lejano pasado de éxitos literarios. El escritor, huraño, cascarrabias, de vuelta de todo y desencantado de la vida, cumple con todos los requisitos del ya habitual personaje protagonista de las últimas películas de Adolfo Aristarain, papeles que hasta el momento tan bien ha interpretado Federico Luppi, y que a todas luces son una plasmación de la verdadera personalidad (al menos cinematográfica) del director argentino. Si Woody Allen suele representarse, ya sea a través de sí mismo o de otros actores, como una persona neurótica y angustiada, Aristarain se configura a sí mismo como alguien serio y concienciado, siempre con la palabra adecuada en los labios y el comportamiento más ético en las formas. Y aquí, en su última realización, es franco, no trata de engañarnos: esta es una película autobiográfica, en la que se nos muestra el proceso de formación y de educación sentimental de ese personaje/espejo, proyección en la ficción del propio director. Es la “forja de un rebelde”, pero de un rebelde pasivo y, para sorpresa nuestra viniendo de quien viene (uno de los mejores directores de habla hispana de nuestros días), anodino. Uno de los personajes de la película ya se lo advierte al protagonista: “tú observas el mundo desde el rincón”, lo que no deja de ser una fácil estrategia de guión para justificar a este protagonista que realmente no observa, sino que tan sólo mira la vida pasar. Seré malo: si la ficción de la película se prolongase un poco más de los ya extensos 155 minutos y pudiéramos enterarnos de cuál ha sido la recepción pública de la autobiografía ya publicada, no sería de extrañar que la respuesta fuera la de un total fracaso editorial. Porque, como si homenajease al título de su película anterior, Aristarain no parece querer alejarse de los lugares comunes de la narración cinematográfica: las situaciones presentadas no escapan de lo ya contado, de lo ya trillado. Los personajes que aletean alrededor del protagonista, y que parecen ser proyecciones de personas reales, conocidas en su momento por el director, no resultan tan interesantes como debieron haberlo sido en la vida real. En la pantalla se limitan a ser arquetipos en situaciones manidas: primeros escarceos sexuales, amores fracasados, amigos revolucionarios… todo envuelto en un transcurrir histórico abocetado. No traspasan la pantalla, no emocionan como debieron emocionar al propio Aristarain a lo largo de los años, porque son personajes que no van más allá del cliché. Todo esto convierte a "Roma" en una película ya vista y conocida, pero no por ello aburrida de ver. Si por algo destaca el último cine de Aristarain es por la predominancia del diálogo: los personajes se atreven a emitir grandes parrafadas en las que sentencian, expresan dogmas vitales y muestran sus respectivos modos de entender el mundo, pero todo ello de la manera más ágil y entretenida. Los diálogos son extensos pero sencillos, y las ideas quedan claramente explicadas. Aristarain tiene la rara capacidad de proyectar en palabras pensamientos que todos compartimos en algún rincón de nuestra mente, e integrarlos en la narración de una forma natural, en la que resulta creíble que todos los personajes parloteen como si fueran filósofos en un foro de la Atenas clásica. Pero no es mero teatro filmado: Aristarain abandona ese feísmo naturalista de sus últimas puestas en escena y, acompañado de una cuidada ambientación artística y de una espléndida fotografía en scope de José Luis Alcaine, consigue la película más estéticamente elaborada de su más reciente filmografía. Ya desde el título, el director muestra una preferencia destacada por uno de los personajes: Roma, la madre entre las madres. Para Aristarain las mujeres ya son de por sí siempre, por definición, mucho más inteligentes y precavidas que los hombres, en una perpetua idealización que alcanza aquí su cumbre en la representación de la perfecta figura materna que constituye Roma: una mujer cariñosa sin ser agobiante, liberal sin ser despreocupada, tolerante sin ser sumisa. Roma, a la que presta una labor inigualable la actriz argentina Susú Pecoraro, es el personaje más vivo, más de verdad de la película, y con dos o tres apuntes de expresión en su mirada consigue remitirnos a esa parcela de amor maternofilial que, ya sea mayor o menor, todos guardamos en nuestro interior. En torno a ella se conforman los mejores momentos del filme, y por eso éste adolece de su mera aparición episódica una vez avanzado el metraje. Roma es la verdadera protagonista: ¿por qué, entonces, no narrar a través de sus ojos? ¿Por qué convertirla en un personaje secundario, que poco a poco va desapareciendo? "Roma" se intuye fácilmente como uno de los proyectos más personales de Adolfo Aristarain, y su proceso de escritura se presiente doloroso pero a la vez emocionante. Es una pena que esa sensación no pueda ser completamente compartida durante su visionado: se adivinan destellos de emoción, pero no luz plena. Y es que la vida, que tan intensa y compleja nos parece al vivirla, puede convertirse en algo insípido y común al intentar contársela a los demás. |
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